sensibilidad suspendida

(razón: allá)



sobre el intenso vínculo vocálico en la Nubefilia


(Nubes en la ventana del autobús en el que viajé México)





En mixteco, lengua de Oaxaca:
Ñuu Vicu : País de Nubes
Ñuu Savi : Pueblo de Nubes





EL PAÍS DE LAS NUBES
Las nubes siempre existen,
el país lo hacemos nosotros.
Cuando las nubes llegan,
la vida es diferente.
Esta mañana he despertado,
las nubes han lllegado de lugares muy lejanos.
Tal vez casi del cielo.
Son nubes muy extrañas, casi hablan con las entrañas,
que si los cojones y los culonres,
tal vez sólo muy simplones
o con problemas tan grandes
que desean la misma muerte,
pero dentro de su ente
sólo existe la poesía,
y aunque sea idea mía,
representan la alegría.
Luego llega el día, se acaba la poesía,
amanece y el crudo calor del sol
desvanece esas pequeñas nubes que,
aunque sean evaporadas, dejan sensación de paz y amor.
Por un largo tiempo, dejarán en este país el eco de sus voces,
su poesía en este país, el país de nuestras vidas.

Con cariño, para Rebeca, gracias por su amistad.
Rodrigo Hernández Palacios, 13 de Noviembre de 2007, en Huajolotitlan






Rodrigo es el padre de Andrea, la primera persona que, en el País de las Nubes, y por propia iniciativa, leyó mis poemas. Aún no ha cumplido 11 años y es inteligentísima. Para leer mis tonterías, mientras yo la observaba asombrada, se apoyó en una columna del museo de Huajuapan de León, el primer espacio artistico-oficial abierto que he conocido en toda mi vida. Si los aeropuertos son no-lugares llenos de certezas posmodernas, los museos también. Se parecen mucho a las colas para facturar, donde uno termina por sentirse culpable de todos los males de la Modernidad. La maleta cada segundo pesa un poco más, y luego tendrás que pagar exceso de equipaje. También te obligan a despojarte, a explicar tus intenciones, a emborronar casillas si viajas lejos. Es díficil, pero debemos hacerlo. El otro día leí en un decálogo sobre escritura que ahora no consigo encontrar que sería bueno vivir en una frontera, la que fuese, de ser posible este reto. Esto también lo decía Kapuscinski. Recuerdo haber escrito sobre eso cuando comenzaba este año, también sobre mi propio azar, sobre este latido de coherencia que siento entre el mundo y yo. Ciertamente, como dice Rodrigo en su poema, cuando las nubes llegan, la vida es diferente.

Lo escribió durante nuestra nuestra última noche en Huajolotitlán. Éramos muchos. la gallega Eva Cabo (o Cagón, pero esto ya lo explicaré luego -o no-), la mexicana, de Guadalajara, Rosario, que a menudo nos hablaba de su hijo Mario, la señora Hortensia que nos acogió en su casa a las tres, y su familia, su hija Sandra, su nieta Andrea, el padre de ésta, el recien estrenado poeta Rodrigo, y también Noely, que fue la única que pidió un aplazamiento a su poema. Tendré que volver a Oaxaca para escucharla, o ella vendrá a este cubículo incrustado en Madrid a narrarme sus versos al oído. El resto escribió y leyó un poema tras las cena. Creo que se le ocurrió a Eva, cuando desayunábamos chilaquiles, papaya y agua de canela, o crema, después de ver en la azotea el olor de la ropa fresca, después de comer frutas de nombres desconocidos para mí directamente de larama, de ver chivos en el verde y una cerda rosa y agresiva detrás de unas maderas, en mitad de un campo abierto que terminaba en montañas.

Eva hizo tres tortillas de patata (días después he leído un poema suyo sobre la tortilla que tal vez ponga aquí más tarde), yo hice lo que pude y Lauri, salvadoreña, hizo plátano con crema. Mientras iba a comprar cosas que nos faltaban yo cuidé sus trozos de banana, porque era banana aquello, en la sartén. Me dijo después que lo había hecho muy bien, pero yo no sé... También había soufflé de queso fresco, ¡queso Oaxaca!, con apio, cebolla, sal, había guacamole de verdad, y siempre pequeños platos llenos de rodajas de limón. Por cierto, rodaja es una palabra perfecta para un limón, y para muchas otras cosas más y, con sinceridad, son mucho más bellos los limones que hay allá, más pequeños; creo que aquí los llamarían limas, y me acuerdo intensamente de mi amiga Lizette, mi primera amiga mexicana, también de Guadalajara, explicándome cuando apuntalabamos la t a la rutina en Madrid, antes de que comenzara a escribir en este (no) lugar, cómo eran los desayunos en sus país. Me hablaba de frutas y más frutas que yo no conocía, de pan dulce y de cafés con sabor de otro color.

Cuando por fin los disfruté, en México D.F, a las siete de la mañana con un increíble y naranja zumo de papaya, con frutas de otros colores y panes parecidos a las facturas argentinas, Lizette no estaba conmigo, pero por supuesto sí en mi cabeza. También dejó un mensaje de bienvenida en mi buzón de voz, como lo hicieron otros amigos mexicanos. No pude verlos. A ninguno de ellos. El programa era demasiado intenso. Llegué a D.F de noche, tras pasar doce horas en un avión con señoras de la Toscana que viajaban a Cancún y una de ellas se despidió de mí diciendo:
[i]Tu familia, tus y amigos y tú siempre tendréis tortelli en mi restaurante[/i]. Dijo también que en la Toscana no se decía tortellini sino tortelli, no sé, y me habló de Fernando Botero y su vida en esta región italiana, y que quépenaporDios que Clooney vive en Como y eso está demasiado lejos de nuestro pequeño pueblo. Luego tuve que apretar un botón rojo para cruzar la ficticia frontera después de pasar por Inmigración, siempre dentro del aeropuerto, claro, pero un hombre me dijo: Da al botón rojo, no preguntes por qué funciona así... Y finalmente aquel hombre y yo nos cuidamos el uno al otro. Bueno, él más a mí...

Porque tras escuchar a decenas de personas que en México los taxistas me tomarían el pelo, o cosas peores, yo, que soy fácilmente sugestionable, arrastraba mi maleta de fin de semana convertida en equipaje transoceánico, a clima distinto por suerte, mientras pensaba qué me depararía la Fortuna, precisamente. Así que ese señor que venía de Londres con cuatro maletas, un bigote anacrónico y unas gafas de diseño me enseñó, me cuidó en pasillos de aeropuerto. A cambio, dijo, quédate aquí mientras cambio dinero. Sonriendo añadió: favor por favor. Y yo estaba muy contenta, y no pudimos compartir taxi porque los del gremio en el aeropuerto son muy serios y se hace un solo recorrido por viaje, fíjate tú. El taxi salió bien, aunque el señor tenía los ojos rojísimos y bebía café. Después dormí en una ventana orientada al centro de la ciudad más caótica del mundo, y me desperté con los nervios de una excursión cuando eres menos que adolescente. Me monté en un autobús antediluviano con muchas mujeres poetas mientras otro iba delante, o detrás, con muchas mujeres más, y una argentina, Pat Sánchez, me hablo durante un rato de su vida, de su amor, de su literatura, sus intenciones, su verdad. Luego dormí, dormí mi jet lag, mi cambio horario, mi nervio ilusionado y, cuando desperté, Emilio Fuego, el organizador del XV Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes (en la Mixteca mexicana), nos invitó a bajar a un verdadero no lugar, un vacio de inigualable belleza, con el cactus gigante, con las 66 mujeres profetas, con un techo de dudosa consistencia y esas nubes para saludar.

Yo, deseando corresponder, pese al pudor, o enfrentándome a él, en el primer recital en Huajuapan de León leí esto que sigue:





Un maestro explicó: “Las nubes son mi memoria de humildad. Para ellas, siempre seré muy pequeño”.




manUal para pensar
(o de cómo enfrentarse a la inexorabilidad)



Lección 0

Dejen que discurra mi aliento, lo estruje y lo convierta en pensamiento,
que me arranque lágrimas el repentino trino de los pájaros entre el claxon,
las ambulancias,
los gritos de los que se enfadan,
el voluble semáforo que no veo,
pero aquí está, lo tengo dentro, y fíjate,
vivo en un séptimo.


Por favor, dénme tiempo. Para encontrarme conmigo, preguntarme las cosas, es un viaje duro éste, y no se me ocurrió pensar que puedo permitirme…
no hacerlo.
No montarme sobre él, intentar dominarlo,
Pelear con los horarios, los folletos, los consejos, el revisor y el calendario.
Tengo que encontrar mi asiento, despertar en el destino. Dejar maletas, aparcar lo que no conduzco, saludar a los que vengan nuevos.

Necesito esto. Mi medio sombra, la búsqueda del perfil. Con el sonido de persianas que anuncian momentos, con los olores ajenos, la lejana canción de un musical. Abrir y cerrar ventanas, pelearme con el viento, tocarlo un poco si me atrevo, que me sorprenda el atardecer jugando en casa, creando formas extrañas,
Sobre la cama,
En las paredes,
En el suelo,
En este corazón,
Ya un poco viejo,
Lo tengo

Si me dan ganas, tal vez intente dejar constancia de todo ello. Del momento en que me agrupo, me reconvierto. Como si debiera mudar, mutar, hacer de mí otro espejo, creer que puedo alcanzar, oh sí,
Mi propia humildad,
Y decirle: me estás sirviendo de algo?
Puede que no, le diría, sin esperar su respuesta.
Pero debes estar, quédate aquí, camina conmigo,
Hazte amiga de mi dignidad, te lo suplico,
porque creo que podemos encontrar el justo equilibrio.

Enséñame a hablar, haz que salte la mediasombra sobre el charco. Con una onomatopeya de bondad. Perdóname si a veces no me explico, de veras siento que a veces no transmito, que no sé dar,
que se confabulan los extremos,
y estiran,
y vibran
aquí el hilo es muy fino
puede romperse de cualquier lado

A mí, lo que me pasa, es que no me apetece condicionar mi futura vida a este desgaste emocional. Por eso, escucha, por si no lo sabes, yo, lo que estoy haciendo, es mutar. Me estoy convirtiendo en algo mucho mejor, pienso, así que espera un poco, ¿vale?, por favor.

Estado larvario,
El nudo y la presión.
Pregunto: ¿Contribuí ya a crear nubes? ¿Alguna de mis lágrimas fue ya mar, río, aguacero, torrente, arroyuelo, ínfima parte de un huracán? Lloraré, si es necesario, un poco más.
Lágrima ascendente, entonces,
nube, agua
agua,
incolora
indolora
e insípida.
Descansa.


1 comentario:

Al-Juarismi dijo...

tus lágrimas ya fueron y ahora son uvas que dan el zumo como besos

locos besos de lluvia son tus lágrimas U vita

lluvia de nubes que albergan el destino de la semilla dentro de la tierra

soy manuel marcos, un beso rebeca