sensibilidad suspendida

(razón: allá)



sobre mi confUsión





Puedo ser una persona insoportable. No sólo acostumbro a decir que ciertas cosas me resultan intolerables o indignantes. También puedo pasarme el día entero en silencio, o hablando desde el cielo, y dejaré a un lado en este momento el asunto de la Nubefilia. Resulta que en esta vida también hay que percatarse de que las cosas no se solucionan diciendo que tienes la cabeza en las nubes, aunque esto no sea una metáfora sino una insultante realidad. Da igual. No es esto de lo que que quiero hablar. En realidad no sé de lo que quiero hablar. Esto tampoco importa. Escribir en general me hace bien, me relaja, así que por el bien de la Humanidad, porque si no escribo tendría demasiada agua y bilis en venas y entrañas, no por mi calidad, qué va, ¡anda ya! Esto es intraterapia metatextual, una versión sit-com de una confusión, una nube por aquí, otra por allá. Es bueno que me desahogue, por mi salud mental y por la de los demás, los que me tienen cerca, quiero decir. Pobrecitos. Ahora, ¿hay algún médico en la sala? Me vendría guay. No por nada, que yo puedo aceptar como normal que se presente en mi templo una herida cíclica tres veces en un mes, pero no sé, muy normal no es. Un inquilino comunista ensombreciendo mis costas es algo que en cierto modo siempre trastoca, lo que sucede es que me cuesta echarle la culpa de todo a ella, cosa que a veces hago, sin embargo. Ya te he dicho que puedo ser insoportable.

Es por eso que, por lo general, cuando considero que soy excesivamente inaguantable, me callo, y ya está. Esto me trae otros problemas, pero suelo preferirlos. Escojo lidiar con las preguntas y con mis propias cuerdas vocales, a las que mucho ayudan mis papilas gustativas y el amarillo de mis ojos, que consigue que me crea un verdadero extraterrestre, y alejarme, alejarme, alejarme. En este punto de la escalera, te cuento, que me siento contenta, la vida no me cuesta lágrimas en la mañana, no tengo queja. Me gusta contemplar las cosas bellas de los demás sin sentir carencias. Y no me refiero a coches, casas o parejas (porque esto también es para muchos todas esas cosas:material de primera necesidad, lujo que mostrar y necesidad), y tampoco tengo ninguna cosa de esas. Ni siquiera tengo carnet de conducir, pero de eso ya hablaré después (o no, no sé). Lo que quiero decir es que me siento la mujer más feliz del mundo cuando escucho a Marta hablando con su madre, que le da consejos. Sonrío mucho cuando Marta acomete el bello acto de contármelo. Me relamo cuando pienso que ese consejo de su madre a Marta también me viene a mí. Y luego hago el círculo completo y pienso: Joder, pero qué bueno. Y voy más allá y me lanzo al discurso precioso y preciso, que soy insoportable y las cosas me resultan intolerables pero a veces también hago algo bueno, y sujeto el borde palpebral para poderlo explicar todo sin llorar, y les cuento a mis amigos lo buenísimo que me resulta aquéllo que hicieron sus padres, y me alejo pensando que es buenísimo sentir esa paz, sin una pizca de endivia. Pienso que esto es el no va más.

Lo que me altera más es la obviedad, o hacerme evidente. Esto es complicado de conjugar con alguna que otra máxima paroxista, como aquello de mostrarse. Los paroxistas se reconocerán mirando al cielo. Los paroxistas entienden que en la vida hay que exponerse. Las paroxistas aceptan, no esperan; se dan. Me aturde refugiarme en el silencio para no hacerme notar y que esto provoque que se note más mi irrealidad. A ti qué te pasa, me dice Javier Cid, y yo no sé explicar. O me pongo nostálgica y escucho canciones de tiempo atrás. Y cuando doy un paso hacia adelante Ana Volante me recoge, menos mal. No sé, es que son muchos los contextos, es muy grande la Enormidad y, sobre todo, es tremendamente surreal, y esto me gusta, pero a veces cuesta, claro está.

¿Has visto cuántas úes hay? Esto no es casual, me parece, pero dejaremos eso, precisamente, para otros contextos. Si no te parece mal. El caso es que yo estaba re bien en Salamanca, con esa luz que cae sobre las piedras y las hace (oh, sí) excelsas. El empedrado en los pies, el calorcito de las mesas a la sevillana mientras te medio tumbas en el sofá, y Walt Whitman para acompañar, y mucha música para equilibrar, decenas de carpetas de fotos del año pasado recordándonos a Marta y a mí todo lo que nos pasó. Luego aterrizo en Madrid y me come la vorágine nuevamente, y esta vez un poco más. He hecho muchas mudanzas en mi vida. Demasiadas. Tanto es así que mi hermano Gonzalo, cuando tenía seis años y paseábamos por el Puerto de Ereaga, en Getxo, con mis tías, dijo algo como: ¿Se va a morir alguien, verdad? Teniendo en cuenta que se acababa de morir mi padre y mi madre ocho meses antes, en fin, los Yanke somos valientes pero creo que todos los allí caminantes nos quedamos traspuestos. Mi tía Paloma fue la única que le puso arrojo al asunto y dijo con supina dulzura y sencillez: No, Gonzalo, no se va a morir nadie, ¿por qué dices eso?

Mi hermano contestó que siempre que se había mudado de casa era porque se había muerto alguien. Por suerte en aquella ocasión nadie se moría,nos cambiábamos de casa porque somos tres hermanos, Gonzalo, Mireya y yo, porque la casa de mis abuelos, con tantos tíos y tías dentro, se quedaba pequeña. Después de aquella mudanza vinieron dos más, dejando a un lado, como la Nubefilia, que además después de aquello me fui a Italia casi un año y otro medio a Inglaterra. Luego aterricé en Bilbao unos meses pero enseguida desperté Madrid donde, hasta el momento, he vivido en la misma magnífica casa de ventanales orientados a atardeceres de caramelo. En estos cuatro años también he trabajado en el mismo lugar, y tras las cajas que hicimos la semana pasada, nos tocaba visitar nuestro nuevo lugar. Resulta extraño que nos olvidemos tan pronto de lo que habitábamos, de lo maravillosa que era mi ventana con vistas al paddle, joder. De lo cerquita que estaba de mi casa, de lo poco que me costaba llegar, del Parque de Berlín enfrente, y todos esos árboles, y un barrio cerca para pasear, para comprar si es necesario, y joder, lo es. Mi mierda de horario sólo me permite comprar comida a la hora de la idem, así que yo qué sé.

Las cosas comenzaron a parecerme un poco distintas cuando ayer vi esas nubes al salir de la nueve sede, un espacio enorme con aspecto de Pryca o Carrefour, esto es, un no lugar al estilo Augè, y no hay más que hablar. Asumo, de verdad, que he de trabajar en un aeropuerto, con sus tornos y sus tarjetas de entrada magnéticas, los espacios gigantes, para acabar comiéndome un bocadillo de ventresca de bonito en el parque de al lado, claro está. Como le dije antes a Anna, la vida puede ser acojonante si te encanta comer un bocadillo en un parque. Por lo demás, estamos cerrando ya el Extra de Navidad, lo cual implica que estamos hasta las narices de bufandas y perfumes y todavía no ha comenzado la inanidad de diciembre, pero no importa, que tenemos venas, que tengo sangre en las venas, y aunque a veces se me llene también las manos, la boca, y me bajen estremecimientos desde los hombros y me encuentre en ajenos no lugares por todos lados, pasaremos el trago, estaremos alerta, y trataré de ser una persona normal. Un poco insoportable, sí, pero al menos real. Desproporcionada e intensa, pero no falsa, eso es lo que hay.

3 comentarios:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Desproporcionada... no sé.
Intensa sí.
Insoportable, no.
Durísima la historia de Gonzalo; espero que en este traslado, aunque sea de trabajo, no haya difuntos. Aparte, claro, de tu vida privada.
Rebeca, un abrazo muy fuerte. Te adoro eufórica, y me apena leerte triste. ¿Qué más pedir?

(PS. Genial lo del no-lugar; espero que no implique también un no-vivir.)

Anónimo dijo...

u eres encantadora y, espero que no te ruborizes, me gustaría besar el dorso de tu mano!

u minúscula dijo...

oh, el dorso seria estupendo, gran saludo iniciático

por supuesto me ruborizaré