sensibilidad suspendida

(razón: allá)



tarde de (he)Art con Mrs K








Reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos (DR, p.314)
Mi mayor cercanía al mundo artístico (¿metaposmoderno?) consiste en que mybed es muy parecida a la de Tracy Emin, pero de vez en cuando estoy cerca de un artista y soy capaz de confiar en que las intervenciones urbanas sirven para algo. Al menos me seduce la idea de participar en alguna, más si es en el metro, túnel de milagros y espacio donde aprendo, más cuando el artista me adivina el pensamiento y menciona una intervención anterior en paradas de autobuses londineses y las define como lugares democráticos. Habló de colgar objetos de donde cuelgan manos, mencionó algunos elementos y todos me gustaron. Aposté por un megáfono, y ella dijo: eso, eso: HABLE ALTO Y CLARO.
Tiene una libreta con letras a dos colores que juegan con dos palabras heART, y escribe con un boligrafo bic rojo. A mí me gustaría tener uno verde, pero los veo poco y cuando sucede nunca me lo compro. Como con la cometa, me da la sensación de que el bolígrafo bic verde me lo tiene que regalar de repente alguien. Creo que eso tendría un sentido. Como la cuchara, la taza, el clavo y la canica. En un libro de la colección Icons leí que Meret Oppenheim, en 1970, había creado una serie Souvenir de Déjeuner en fourrure en cajitas, alejando el tacto sugerente de su obra y recordando, dice la autora (Barbara Hess), que consumo no es lo mismo que placer.
Esto me hace pensar que seguramente ya se habrán ideado intervenciones urbanas en nolugares excelsos como un museo, espacio también muy democrático, porque todo el mundo paga su entrada por lo pronto, y los niños y los jubilados tienen descuento. Como en este siglo estamos muy perdidos y no nos encontramos y cuando nos topamos generalmente nos damos de frente, es muy posible que en cincuenta años tengan descuento las parejas de hecho, matrimonios o algo de eso. El amor sí que es democrático. La forma de gobierno menos perjudicial o, como diría Julian Barnes, “nuestra única esperanza incluso si nos falla, aunque nos falle, porque nos falla”. Las principales creencias de Barnes son tres: el libre albedrío, el amor y la verdad objetiva. Al menos a las dos últimas les tolera que en ocasiones no funcionan. Y cuando eso sucede le echa la culpa a la historia del mundo.
A estas alturas del tercer milenio ya se puede decir que alguien lleva un jersey noventero o, peor aún, que esa música es tan de los noventa. La Generación X no existió nunca y si así fuera debería llamarse Nocturnal Bastards, por lo menos. Mi amigo Javier Cid asegura que en cincuenta años también se podrá tener sexo virtual con quién sea. Está muy afectado por la muerte del prota de Brokeback Mountain (su nombre es un poco complicado) y eligió para su fantasía su otro favorito: Brad Pitt, con el que sucumbe ante el síndrome de Stendhal. Yo como soy una ingenua le dije que no creo que estemos culturalmente preparados para algo como eso, como masa, al menos. Porque perversos siempre habrá, por suerte, en todas partes. Algunos serán anodinos y otros singulares. Incluso interesantes. Eso que llaman artistas.
Si me gustara ser rebelde ortográficamente y escribiera con K algo más que mi apellido, diría que artistas define el hartazgo ya consuetudinario, eso que nos asienta, que le pone cuatro patas a la mesa y que exime de buscarle tres pies al gato. Marioneta, titiritero y cuentacuentos son algunas de mis palabras favoritas. Talentoso, aunque parezca mentira, es una palabra que recoge el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Cedo cuando me compro cualquier tontería en la tienda de un museo, si alguien en ese momento me interpela argumento que estoy extasiada tras tanta imagen y se me ha olvidado la extraña cola inane de descuentos para jubilados, el nohayaforo continuado si quieres ver una exposición de VanGogh o aceptar como normal, e incluso necesario, que cualquier manifestación artística permite comprar entradas por la red. La artista K, bic rojo en mano, me preguntó si no era frívolo hacer un musical de Ana Frank, por ejemplo. He pensado bastante en ello, en la catástrofe del arte, en que me equivoco cuando me resguardo y digo que soy digna hija de mi tiempo. Me desentiendo si no miro a los ojos de la gente en el metro. Mentiría si dijera que no sonrío cuando alguien demuestra cierto brío con un organillo en el vagón en el que viajamos unos cuantos.










¿Cómo se puede transformar la catástrofe en arte? Hoy en día el proceso es automático. ¿Que estalla una central nuclear? Tendremos una obra de teatro en los escenarios londinenses antes de un año. ¿Que asesinan a un presidente? Podemos tener el libro o la película o el libro convertido en película o la película convertida en libro. ¿Una guerra? Envían a los novelistas. ¿Una serie de asesinatos atroces? Escuchen los firmes pasos de los poetas. Tenemos que entender esta catástrofe, naturalmente; para entenderla, tenemos que imaginarla, para eso necesitamos las artes imaginativas. Pero también necesitamos justificarla y perdonarla, esta catástrofe, aunque sea mínimamente. ¿Por qué sucedió este demencial acto de la naturaleza, este momento humano de locura? Bueno, por lo menos produjo arte. Puede que, en última instancia, las catástrofes sean para eso.
(Julian Barnes, Una historia del mundo en diez capítulos y medio)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tú también eres una artista...